El desafío del lenguaje claro

Por Alejandro Retegui

El desafío del lenguaje claro

Por Alejandro Retegui, Juez de Cámara Civil y Comercial de Corrientes, es uno de los coordinadores del Ateneo del Lenguaje Claro del Poder Judicial de Corrientes.

Hace quinientos años se reunieron en Tenochtitlán, Hernán Cortés y Moctezuma II. Para conversar entre ellos, el conquistador español Cortés hablaba al cura Aguilar en español, Aguilar traducía a Malinche en maya, y ella traducía del maya al náhuatl a Moctezuma, el máximo gobernante azteca. Fue una conversación llena de malentendidos. Tan es así que Cortés interpretó que Moctezuma se rindió ante el. El resto es historia conocida: el origen de una trágica expansión colonial.

Suelo pensar en esa reunión cumbre cuando se nos critica por comunicarnos con la ciudadanía de manera poco clara. Pareciera que nuestra terminología jurídica necesita traductores. Terreno fértil para las confusiones.

En la facultad de derecho asimilamos el estilo formal y legalista. Nos educamos imitando el tono de los libros y revistas jurídicos. Nunca nos cuestionamos si otras personas fuera de nuestro círculo profesional entendían palabras tales como “usucapión”, “perención”, “fondal”, “latitante”. Pensábamos que así debíamos hablar y escribir las abogadas y los abogados. Que ese era el modo natural de expresarnos. Nuestra identidad. Y quien no manejaba correctamente la jerga era considerado un aprendiz del derecho. Ello nos tornó elitistas y distantes.

Hasta que vino el lenguaje claro y nos despertó de nuestro apacible sueño dogmático. Ahora tenemos que comunicarnos de modo tal que los distintos públicos interesados comprendan nuestras decisiones. Según la International Plain Language Federation, el lenguaje claro pone primero al lector, para “… descubrir qué quiere saber, qué información necesita y ayudarlo a alcanzar sus objetivos. La meta es que un lector pueda entender un documento escrito en lenguaje claro la primera vez que lo lee.” Para el discurso jurídico este enfoque es contracultural.

El lenguaje claro importa un desafío personal, para el equipo de trabajo y para la institución en la que nos desempeñamos. En lo personal, tenemos que cuestionarnos cómo redactamos, e ir incorporando las herramientas del lenguaje claro. Hay que desaprender y aprender a la vez. Al principio, como en el desarrollo de cualquier destreza, cuesta pasar del estilo leguleyo al claro. Pero no hay un sustituto a la práctica de aprender, precisamente, escribiendo.

El equipo de trabajo también debe cultivarse en el lenguaje claro. Escribir no es un proceso solitario. Involucra a los colaboradores que deben manejar las pautas para redactar con claridad. Con esa idea en mente, en 2019, en la Cámara de Apelaciones en lo Civil y Comercial de Corrientes, comenzamos con la capacitación de las secretarias y los secretarios relatores.

El poder judicial, como institución, debe aspirar a implementar el lenguaje claro como política de acceso a la justicia. En esa senda, a mediados de 2021, el Superior Tribunal de Justicia de Corrientes creó el Ateneo de Lenguaje Claro. En la presentación estuvieron la Dra. Lorena Tula del Moral y el Ing. Fernando Rocca, Directora Académica y Secretario Ejecutivo, respectivamente del Observatorio de Lenguaje Claro de la Facultad de Derecho de la UBA; y el Dr. Leonardo Altamirano, encargado del lenguaje claro en el Poder Judicial de Córdoba. Participaron en forma virtual alrededor de 670 personas.

El Ateneo será el ámbito interdisciplinario para aprender a comunicarnos de una forma más comprensible. Mas teniendo presente que el nuevo Código Procesal Civil y Comercial -que entrará en vigor en diciembre de este año- exige a las juezas y jueces correntinos expresarnos en un lenguaje claro y sencillo.

Como en todo, están los escépticos. En defensa del lenguaje tradicional acusan al lenguaje claro de carecer de precisión, de abandonar la terminología jurídica específica y de ser, en definitiva, una moda. Piensan que la movida, como me dijo alguien en Twitter, consiste en escribir “sentencias cancheras”. Aún así, las objeciones no son decisivas. Confiamos en que son más los beneficios que las desventajas. Pero esto no es para ansiosos. Recién recorrimos unos pocos kilómetros de miles.

Por último, el lenguaje claro no es solo una técnica discursiva que opera en la superficie del texto. También implica que nos pongamos en el lugar del otro. Que seamos amables con nuestro destinatario al hablarle con palabras que entienda. Que practiquemos la humildad como servidores públicos.

En definitiva, hay que superar la desconfianza en las instituciones que provoca hablar sin claridad. Según Martín Böhmer, el lenguaje claro es una de las estrategias para reconstruir la legitimidad del poder judicial. A lo que modestamente agrego: la claridad en el lenguaje permitirá mejorar la calidad del diálogo democrático ante una realidad social compleja y dolorosa por lo desigual.